Abstención y regeneración política.

La delincuencia política es un delito contra el Estado por ello, los sinvergüenzas deben ser expulsados ipso facto de la vida pública y deberían ser perseguidos, así como los partidos que los cobijan, con la misma fuerza y con las mismas leyes que se utilizan para apartar a los terroristas y sus partidos.

Están al llegar las elecciones europeas. La Europa que en otros momento suscitaba grandes adhesiones, hoy renquea y los ciudadanos empiezan a ser más escépticos y ven, a la UE, más lejanas. Lo inmediato, lo más cercano a nosotros, minusvalora la importancia y relevancia de las decisiones tomadas en un Parlamento algo desdibujado por la falta de poder real en la toma de decisiones comunitarias.

Las campañas, que suelen ser anodinas, giraran en torno de los líderes habituales y las fanfarrias no llegaran ni a barrios ni a poblaciones. Solo los medios, televisión, radio, prensa… nos alertaran de que tal día hay que ir a votar y de la importancia que nuestra decisión puede llegar a tener en el futuro de nuestro continente. Todo muy distante, como la Europa Unida.

Al día siguiente, una vez más, salvo excepciones, todos habrán ganado las elecciones y también, nuevamente, nuestros dirigentes harán aspavientos ante la desidia y falta de interés de los ciudadanos por la vida política. La abstención habrá vuelto a dar la campanada, habrá vuelto ha triunfar. Un nuevo toque de aviso sonará en las direcciones de los partidos, algo ya habitual. Alguna cosa se ha de hacer para combatir la abstención electoral.

Año tras año, elecciones tras elecciones la cantinela se repite, como el ajo, y se hace pesada e increíble -no creíble. Las siguientes vuelta a lo mismo. Vuelta a la rueda.
Las elecciones europeas de 2004 depararon una abstención a nivel de Catalunya de un 60% y en Badalona del 66%. Es difícil asumir tamaño descalabro democrático para aquellos que creemos que el gobierno radica en el pueblo. Para los partidos políticos es algo que ya dan por descontado. Se rasgaran las vestiduras, pero no pondrán en duda el valor de su representación política obtenida con tan menguados votos.

Según el último estudio del CES el 58% de los catalanes confiesa que la política les interesa poco o nada y cuando se les pregunta por el grado de confianza en la clase política la situación no puede ser más decepcionante: en una puntuación de 0-10 la confianza manifestada es de un 3,7. Ha de entenderse que a esto no es ajeno el sinfín de noticias de corruptelas, amiguismos, nombramientos de familiares… que cada día inundan los titulares de los noticieros. Casi siempre se tiende desde los entornos políticos a minusvalorarlos como hechos puntuales que no reflejan la convicción del colectivo, pero en la percepción y en el subconsciente de los ciudadanos va calando el sentimiento de repulsión hacia la política en general y hacia los políticos en particular.

El último espaldarazo a este sentimiento colectivo nos viene dado por la crisis económica que nos azota. Más exactamente por la visualización de la culpa y de los culpables de la misma y de la incapacidad de los poderes públicos -políticos- para prever y evitar un desastre de por más anunciado. Hay quien llega más lejos y culpabiliza directamente de connivencia de la clase política con los corruptos sin la cual estos no habrían podido llegar tan lejos en el descaro predador.

En fin, cuando sectores hablan de regeneracionismo de la sociedad y del modelo de desarrollo incluyen en el concepto a los servidores públicos. No es posible continuar visualizando personajes que se dedican a la política “para forrarse” como dijo sin ningún tipo de vergüenza – a lo visto posteriormente- el señor Zaplana y que no se alce un clamor en contra de esas actitudes.

La delincuencia política es un delito contra el Estado por ello, los sinvergüenzas deben ser expulsados ipso facto de la vida pública y deberían ser perseguidos, así como los partidos que los cobijan, con la misma fuerza y con las mismas leyes que se utilizan para apartar a los terroristas y sus partidos.

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